"Id,pues,vagabundos sin tregua,errad,funestos y malditos,a lo largo de los abismos y las playas,bajo el ojo cerrado de los paraísos".Paul Verlaine

viernes, 1 de agosto de 2014

Roma, libro abierto. ( Ciudades letraheridas I )

 Se viaja con la piel y con la boca, siempre se viaja contra poniente. Ningún viaje resulta inocuo para los que vivimos subordinados a la conciencia literaria de las piedras. La travesía ha de preñarte, sin tregua, una y otra vez, con el afán feroz de bárbaros al abordaje. Con fortuna, rapiñarás un puñado de horas concéntricas en las que deshacerte, en una neblina de horas apacibles, cuando amenacen en tu puerta las pequeñas horcas de la cotidianidad y los estragos de una vida, deliberadamente desperdiciada, entre la quincalla de trabajos mediocres y días que se mueren, como moscas estúpidas golpeándose contra los cristales de ventanas cerradas.
Se viaja contra el horizonte y la plácida luz que abre cuajos de certeza en la mañana. En todas y cada una de esas mañanas en las que girarse, y cambiar de posición en la cama, no resuelve nada.
Viajo contra el tedio y la certeza, hasta romperme.
Una de mis costumbres siempre que salgo de casa es llevarme un par de libros en la mochila; poesía y prosa. Aparte de para leerlos en los interminables intervalos de aviones y trenes, lo hago con la esperanza de crear un vínculo emocional entre el libro y la ciudad, el objeto y la emoción, los fragmentos y los poemas con el vibrante recuerdo de la ciudad que, tras el regreso, anhelaré pisar de nuevo. Así que, ya sentado en el escritorio de casa, con la cabeza embarrada de hastío, sólo tengo que girarme hacia mis estanterías y, por ejemplo, encontrar un poemario de Antonio Colinas y regresar, de nuevo, a las plazas de Salzburgo, sombreadas bajo la gran colina de la fortaleza y el insistente olor a café tejiendo el aire frío. Con Robert Lowell vuelo a ver, lo juro, los empinados y ocres pináculos de las torres atravesando el cielo de Múnich, aunque el bueno de Lowell jamás puso un pie allí. Y así decenas de autores y ciudades, poemas y paisajes, fragmento y cafés ( hoy muy lejanos), aforismos y parques. Rilke y los closet de Edimburgo, de la mano de Perse y Vian (siempre Vian) por Paris, aunque Paris es infinito, los tres borrachos,exultantes y felices, con Fouad,nuestro hermano irrigado en tinta china, hablando de lo puta que es la literaura en un bistro de la plaza Contrescarpe, justo antes de saber que en esa misma cafetería, aunque intuíamos que aquella era la zona, fue donde James Joyce y Hemingway se emborrachaban juntos . Bebían en la tarde hasta caer reventados y noqueados sobre la barra, con el peso plomizo del whisky, como dos descosidos y aturdidos sacos de boxeo. Con Gregory Corso navegué por los canales de Brujas. Ignoro si aquel extraño poeta alguna vez entró en aquella ciudad. Ungaretti merendando conmigo en la pequeña cafetería de aquella recoleta plaza al lado del mercado de Gante. Mandelshtám saltando de autobús en autobús por todo el centro de Roma,etc...
Hay ciudades que se componen de una intensa geografía emocional y literaria. Calles que son una trama de niebla alumbrada por los centenares de escritores que habitaron sus casas, calles, cafés. Ellas son las ciudades de mis manos sedientas. Mi Génesis. Nunca elegidas al azar, jamás. Viajo como el recalcitrante letraherido que soy y que solamente se comprende en los vapores alucinados de la literatura, con la poesía golpeando la sangre. Me adentro en las ciudades con un pesado equipaje de poesía en los ojos, como el enfebrecido penetrando en un templo que antaño erigió en la soledad de su dormitorio. Un templo de deidades paganas habitado por centenares de autores que me arrastraron hacia la eterna noche de los desamparados, los lunáticos y todos aquellos que vivaqueamos zambullidos en la turbación "bajo el ojo cerrado de los paraísos". Un letraherido es y será siempre un desamparado que busca en cada libro la frase capaz de remediar su desconcierto de cadáveres desordenados, una frase esquiva, huidiza, que nunca terminamos de hallar, porque cada libro arrojará al letraherido, una vez más, a la intemperie.

De todas las ciudades que he saqueado, son tres las que forman mi personalísimo triunvirato, mi  cosmogonía ardiente y mi botín más denso, las que llevo clavadas en la piel : Edimburgo, Paris y Roma.

Se viaja con las manos y los intestinos, vagabundeando hasta que la ciudad nos habita, "vagabundos sin tregua" como escribió el viejo Verlaine, "errad,funestos y malditos,a lo largo de los abismos y las playas, bajo el ojo cerrado de los paraísos". No entiendo, ni conozco, otra forma de trasladarme, salvo esta trashumancia literaria bajo las lunas de humo y la recóndita liturgia que abre los oscuros goznes de las ciudades que se alzaron como memoria indeleble entre las páginas de los poetas, de todos los hijos melancólicos nacidos de la bilis negra de Saturno.

Llegué a Roma cuando la mañana era un sombrero de hongo que se ajustaba sobre una inmensidad de cúpulas que parecieran de cera bajo la luz tibia del mediodía.
Roma desaparece en el instante que ponemos un pie sobre una de sus calles. Roma deja de ser Roma, para siempre. Se diluye en nuestras manos, se transforma en levadura. Roma se construye cada día después que apuraramos el primer café de la mañana. Parafraseando a Paul Éluard: Existen muchas romas pero todas están dentro de ella,deshaciéndose y fecundándose, a cada instante. La Roma histórica, la Roma pictórica, escultórica,artística, casi inasible. La Roma política y convulsa.La Roma que arde en el celuloide de Rosselini,Pasolini, Visconti, Fellini y la Via Veneto como simulacro de una vida que nunca llegó a ser sino impostura. La Roma neorrealista en cada esquina atropellada por el griterío de niños a la carrerra.Y la Roma literaria de los letraheridos. Una ciudad de calles sinuosas y sepultadas bajo la gesta de vivir cada día de sus habitantes, cuyos ojos ligeros, ya no se percatan de la liturgia.

Ignoro si existirá algún mapa o guía que aglutine los pasos de los centenares de escritores y poetas que merodearon por sus calles, que malvivieron en habitaciones, que mercadearon con su talento a cambio de un café caliente, un bollo y alguna que otra copa en las agitadas noches del Trastevere. Los hubo aristocráticos e influyentes, románticos ingleses, europeos exiliados, algunos de ellos con su consabida placa recordando la estancia.
Mi primera parada en Roma estaba anotada, con mayúscula en mi moleskine : Cimitero acattolico. El llamado cementerio protestante de Roma, allí donde eran enterrados aquellos que no profesaban la religión católica. Siempre que viajo a una ciudad procuro visitar su cementerio y su mercado. Pues en ellos se concentra toda la metáfora en la que se yerguen las ciudades. El cementerio acattolico de Roma es pequeño como si se tratase del camposanto de un pueblo.
Llegué al hotel pasado el mediodía y tras un breve descanso me dirigí a una estación de metro que me llevase en dirección a la parada de "Pirámide- Ostiense", en la colina del Aventino. Mi intención era, ante todo, visitar la tumba del poeta que durante años me obsesionó y del cual me sentí cómplice, durante tanto tiempo, jamás pude deshacerme de él.. .Un poeta que convertí en sacro y cardinal durante mi adolescencia... Aquel que escribió uno de los poemas más enigmáticos que había leído en aquellos años : "No despertéis a la serpiente / mientras no sepa el camino que ha de seguir./ Dejadla que se arrastre mientras duerme...(...)"
 Percy B. Shelley, nube y poeta, íntimo amigo y reverso de Lord Byron. Podría escribir durante horas del joven Shelley, de su honestidad intelectual (expulsado de Oxford tras publicar un panfleto sobre el ateísmo), su finísimo talento poético, su deambular europeo, su prematura muerte ahogado en el golfo de La Spezia a la edad de 29 años. Percy fue siempre una incesante luciérnaga en mis capítulos más oscuros. 

Atravesé  la verja del recoleto cementerio que se halla en una estrecha calle, a la izquierda de la pirámide di Caio Cestio, charlé un poco con la gente que, voluntariamente, lo gestiona y mantiene, gente que pasaba la cincuentena, extremadamente amables, unos cinco o seis, ingleses en su mayoría. Me dirigí primero a la tumba del otro poeta inglés que yacía en una de las esquinas del cementerio,el gran Jonh Keats. Frente a la tumba del desdichado Keats, dos señoras mayores dibujaban el paisaje deslizando los pinceles mojados en acuarela sobre un gran cuaderno marrón. Observé la escena, tomé algunas fotografías y me dirigí hacia la tumba del poeta que me llevó hasta aquel cementerio. Caminé unos minutos, varios metros, repasé mentalmente las indicaciones que me dio aquel viejo inglés de embajadora y tierna sonrisa. Encontré la tumba. Mi sangre cabrilleaba, se alteraba y me golpeaba rauda, como tambores, en todas las venas. Le pedí a mi acompañante que me fotografiase en la tumba de Percy. Después se fue,durante aproximadamente una hora. Allí, sentado y en silencio, pasé uno de los momentos más íntimos e intensos con los que Roma me obsequió.

( Tumba de Percy B. Shelley )



Vagabundear por la ciudad con los ojos encendidos, cual luminarias, te obsequiará con la memoria de las piedras. La gente desciende, entremezclada y ausente, por los caudalosos ríos que son sus calles, sin saber a donde se dirigen.
Guardé el mapa y deambulé, arriba y abajo, escuchando el susurro de las paredes, noches enteras .Por las tardes me desplazaba hacia el barrio del Trastevere, en busca de sus cafeterías .Aquel barrio, durante las dos guerras mundiales y posteriores exilios, se convirtió en un hervidero de artistas e intelectuales que hallaron allí su refugio, como Alberti. Actualmente se compone de una intensa amalgama en la que conviven y pulalan artistas bohemios, músicos callejeros, algunos extranjeros snob con cara de escritores alucinados y los orihundos más genuinos y añejos de Roma. 

Me fui topando, a lo largo de los días, con calles, casas, buahardillas y ventanas que guardaban la historia, cincelada en piedra, de muchos de aquellos escritores y poetas que componían el entramado emocional de mi mapa literario.
Así, y sin pretenderlo, me topé con el apartamento, en un barrio no muy lejos de la piazza Spagna, donde el matrimonio de los Browning pasó algún tiempo de sus vidas y compusieron aquellos famosos sonetos y poemas victorianos,hasta la muerte de Elizabeth, en aquella casa.



La casa que Keats y Shelley habitaron durante su estancia en Roma es visible, siempre, impenitente, en la Piazza Spagna, en la esquina derecha de la escalinata.
                                                      




Bajando la plaza y siguiendo recto nos encontramos con una de las calles más famosas de Roma - por ser un lugar de célebres boutiques - y más caras de Europa,delirio de pijos, la Via Condotti. En ella se ubica un antiguo café que siglo y medió atrás sirvió de cobijo a poetas y escritores como Byron, Joyce, Wilde.

Para mi sorpresa, mientras bajaba por una calle bastante entrada la noche, descubrí una placa que indicaba que el escritor danés H.C. Andersen habitó esa vivienda durante su estancia en Roma. La placa apenas puede leerse, está algo borrosa, y la falta de luz tampocó ayudó a mis pésimas dotes como fotógrafo.
Seguí bajando por aquella calle y las placas que conmemoraban la estancia de varios poetas y escritores se sucedían, una detrás de otra, edificio tras edifico.Fue un verdadero hallazgo. Roma dormía y la noche era cada vez más cerrada, silenciosa.
En la siguiente placa, con dificultad, se lee que el poeta polaco Cyprian Kamil Norwid, vivió en aquel inmueble, a mediados del siglo XIX.



Sin salir de aquella vía, a poco metros, otra placa conmemorativa y más reluciente , que contrastaba con la desgastada y desvencijada pared del edificio, explicaba que el gran N.Gogol vivió allí durante su paso por Roma.
La tumba de John Keats en el Cimitero Acattolico,junto a su inseparable amigo el pintor y cónsul Joseph Severn.



Una de las sorpresas más tremendas e inesperadas fue la de toparme con la tumba del poeta neoyorquino de la generación beat, Gregory Corso, que colindaba con la tumba de Shelley, por abajo. Todavía no me había rehecho de encontrarme frente a la tumba de Shelley cuando de repente, al girar la cabeza, vi la tumba de Corso.










Una de las entradas al enorme parque, la llamada Villa Borghese, en la colina pinciana, está presidida por una escultura de Lord Byron que contiene una inscripción de unos de los cantos de sus Peregrinaciones de Childe Harold.




Villa Borghese está salpicada, en toda su extensión de grandes esculturas dedicadas a varios poetas :

El autor J.W. Goethe que durante varios años vivió en Roma.


Alexandr  Puskin




Nikolai Gogol


 El poeta de medieval  Azerbayán Nizami Ganjavi



 El poeta e hispanista egipcio Ahmad Shawqi


El filósofo y poeta serbio Petar Petrovic Njegos




El poeta persa Ferdowsi

La casa en la que vivió Goethe, en la via del Corso.


James Joyce vivió durante medio año, a principios de siglo, en una casa cerca de la via Condotti



Placa que conmemora la estancia en Roma de la escritora noruega Sigrid Undset, en ese inmueble.





Hans Christian Andersen





La tumba de Gregory Corso, a un metro de la tumba de Percy B. Shelley.


Uno de mis más felices encuentros con la poesía en Roma fue cuando me crucé, de manera repentina en uno de los vagabundeos, con la casa en la que la poeta austríaca Ingeborg Bachmann vivió y escribió durante cinco años, en la piazza Barberini. Llevaba algunos meses leyendo con entusiasmo todos los libros de poesía de Bachmann que caían en mis manos.Sus poemas son inmensos, increíbles, de unas imágenes imposibles.Trakl, Bachmann y Thomas Bernhard son la poesía austriaca del XX. Me decidí que tenía que escribir un poema homenaje a Ingeborg, que hablase de la Europa devastada y su estancia en Roma. Actualmente trabajo en él.

" Lo que es verdad no se suspende hasta la incursión
en la que tal vez todo esté en juego.
Tú eres su botín al abrirse tus heridas;
Nada te asaltará que no te traicione.

Llega la luna con los cántaros de hiel.
Bebe tu medida.Cae la amarga noche.
Nieva la escoria en el plumaje de las palomas,
ni una sola hoja se pone a salvo.

Estás preso en el mundo, cargado de cadenas,
pero lo que es verdad abre grietas en la pared.
Velas y en la oscuridad vigilas,
vuelta la cara hacia la salida desconocida."
 

Ingeborg Bachmann


 La via Appia Antica nace en Roma y llegaba hasta Brindisi, la punta del tacón de Italia. Parte de su trazado permanece con los adoquines originales de la época, allá por el 300 A.C.
Aquel día llovía con inusitada furia.El cielo encapotado parecía estallar en mil pedazos y el agua discurría con violencia por la vía. 
Para los byronianos .En esta torre desmoronada de la Via Appia Antica se halla la tumba de Cecilia Metella. Lord Byron compuso el canto IV de " Las peregrinaciones de Childe Harold" en este lugar,inspirado por la bella soledad del paraje y las ruinas.



Y pasaron las semanas... Roma seguía abriéndose para mí, bajo mis pies y sobre mis ojos, como una flor lenta y cálida, sumergida en un hondo lecho de agua petrificada. En Ostia los últimos pasos de Pasolini me condujeron hasta la desembocadura del Tíber. Perdí su rastro un centenar de metros antes de llegar al mar.

Roma no se acaba nunca, renace siempre, en los ojos del viajero atento y ensimismado.
¡ Qué lentos nuestros movimientos y qué rápido desaparece el relámpago de la vida cuando nos extraviamos de nosotros mismos !.
La ciudad es un bosque de piedra, un sinfín de paredes sepultadas bajo el polvo del gentío, muros oscuros que susurran viejas historias de literatura y de naúfragos. Ventanas de humo y hollín que guardan el eco antiguo de otras voces.
Viaja con nostalgia de ti mismo, como la lágrima que no conoce el sabor del verano. Adéntrate con tus manos en la piel gastada de los adoquines y deja que la ciudad te fecunde como un relámpago sordo que rompe la calma del ocaso. Tus ojos serán dos luminarias penetrando el umbral de un templo sumergido en la piedra...



" El verdadero viaje del descubrimiento no consiste en visitar nuevos paisajes , sino en tener nuevos ojos "   M. Proust

miércoles, 23 de julio de 2014

LAS HORAS DORMIDAS

 Poema y voz : Jorge J. Molina
Música : " Fleurette Africaine" de Duke Ellington y Charles Mingus



sábado, 7 de junio de 2014

LOS PERROS, EL DESEO Y LA MUERTE


Me han jodido... Mañana voy a la silla. Pero lo escribiré en cualquier caso, pues me gustaría dejar una explicación. El jurado, como es natural, no comprendió nada. Además, Slacks está muerta. Me resultaba difícil hablar sabiendo que no me creerían. Si Slacks hubiera podido arrojarse del coche, si hubiera podido venir a contarlo... Pero por fin todo ha terminado. Ya no hay nada que hacer. Al menos en este mundo.
Lo malo, cuando se es taxista, son las maniáticas costumbres que se adoptan. Se circula durante todo el día y, por fuerza, acaban por conocerse todos los barrios. Hay algunos que se prefieren a otros. Conozco tipos, por ejemplo, que se dejarían hacer picadillo antes de llevar a un cliente a Brooklyn. Yo los llevo de buen grado. Los llevaba, quiero decir, porque ya no podré volver a hacerlo. Sí, es cuestión de costumbre. Como ésa que me dio de pasar casi todas las noches, hacia la una, por el Three Deuces. Cierta vez llevé a ese sitio a un cliente borracho perdido. Se empeñó en que entrara con él. Cuando salí, conocía de sobra el género de chicas que en aquel antro podían encontrarse. El resto vino rodado, como podrán comprobar por ustedes mismos...
Todas las noches, entre la una menos cinco y la una y cinco, pasaba por el lugar. Ella salía mas o menos a esa hora. En el Deuces actuaban cantantes con mucha frecuencia, y yo sabía quién era ella. La llamaban Slacks porque llevaba pantalones más a menudo que cualquier otro tipo de indumentaria . Después los periódicos dijeron también que era lesbiana. Casi siempre salía acompañada por los dos mismos fulanos, su pianista y su contrabajo, y se metían los tres en el coche del primero. Hacían un pase por otro antro, como diversión, y regresaban más tarde al Dcuces para acabar la noche. Esto lo supe más tarde.
Nunca permanecía demasiado tiempo allí. No podía conservar libre mi taxi durante todo el rato ni tenerlo estacionado demasiado tiempo. Siempre había más clientes en aquel lugar que en ningún otro sitio del recorrido habitual.
Pero, en la noche de la que hablo, tuvieron una agarrada entre los tres que resultó cosa seria. Ella le atizó al pianista un soberano puñetazo en el rostro. Tenía la mano singularmente pesada la maldita. Lo tiró al suelo con tanta facilidad como lo hubiese hecho un poli. Desde luego, él iba bastante bebido, pero aunque hubiera estado sobrio creo que se habría caído. Sólo que, borracho como una cuba, quedó tendido en la acera, mientras que el otro intentaba reanimarle arreándole bofetadas tales como para arrancarle la cocotera. No pude ver el final porque la chica optó por largarse. Abrió la portezuela del taxi y se sentó a mi lado, en el traspontín. Después encendió un mechero, y se puso a contemplarme colocándomelo debajo de las narices.
-¿Quiere que encienda la luz?
Contestó que no, y apagó el mechero. Nos pusimos en marcha. Un poco más lejos, después de haber girado en York Avenue, le pregunté la dirección, pues me di cuenta de que todavía no me había dicho nada.
-Todo recto.
A mí me daba lo mismo, claro está; el contador estaba funcionando. Así que continué recto. A esa hora sigue habiendo gente en los barrios de las boîtes, pero en cuanto se deja el centro, se acabó: las calles están desiertas. Nadie lo cree, pero pasada la una, es peor que los suburbios. Algunos coches solamente, y un tipo de vez en cuando.
Después de la idea de sentarse a mi lado, no cabía esperar gran cosa de la normalidad de la chica. La veía de perfil. Tenía el pelo negro llegándole hasta los hombros, y el tono de piel tan pálido que le daba aspecto casi enfermizo. Los labios pintados de un rojo casi negro, daban a su boca la apariencia de una oscura madriguera. El coche seguía su camino. Por fin se decidió a hablar.
-Déjeme conducir.
Paré el automóvil. Estaba decidido a no llevarle la contraria. Había visto la manera en que acababa de poner fuera de combate a su amigo, y no me apetecía en absoluto tener que vérmelas con una hembra como aquélla. Me disponía a echar pie a tierra cuando me agarró por el brazo.
-No merece la pena. Pasaré por encima de usted. Haga sitio.
Se sentó primero sobre mis rodillas y, a continuación, se deslizó a mi izquierda. Era de carnes firmes como una barra de hielo pero su temperatura era muy otra.
Se dio cuenta de que la cosa me había afectado; se puso a sonreír, pero sin malicia. Tenía aspecto de estar casi contenta. Cuando arrancó, pensé que la caja de velocidades de mi viejo cacharro iba a explotar. Nos hundimos como veinte centímetros en los respectivos asientos, tan brutal fue su manera de poner el coche en marcha.
Nos acercábamos a la parte del Bronx después de haber atravesado Harlem River, y seguía pisando el acelerador como una loca. Cuando me movilizaron tuve ocasion de ver conducir en Francia a determinados fulanos. Desde luego sabían darle marcha a un automóvil, pero, aun así, no lo castigaban ni la cuarta parte que aquella furia con pantalones. Los franceses se limitan a ser peligrosos. Ella era un cataclismo. Sin embargo, yo seguía sin decir nada.
¡Oh, el asunto les hace sonreír! Seguramente piensan que con mi estatura y mis músculos habría podido poner en su sitio a la damisela. Pero no, tampoco ustedes lo hubieran intentado después de ver la boca de aquella chica y el aspecto de su cara al volante del coche. Pálida como un cadáver, y aquel agujero negro... La miraba de reojo sin decir ni pío y procuraba estar atento al mismo tiempo. No me hubiese gustado nada que un poli nos hubiera visto a los dos en el asiento de delante.
Como ya he dicho, tampoco podrían ustedes creer la poca gente que se ve a partir de determinada hora en una ciudad como Nueva York. La chica daba una vuelta tras otra metiéndose por no importa qué calle. Circulábamos manzanas enteras sin encontrar ni un gato y, de vez en cuando, distinguíamos a uno o dos individuos. Un mendigo, en ocasiones una mujer y personas que regresaban de su trabajo. Hay tiendas que no cierran antes de la una o las dos de la madrugada y otras que incluso permanecen abiertas toda la noche. Cada vez que veía un fulano sobre la acera de la derecha, la chica daba un volantazo y procuraba pasar rozando el bordillo, lo más cerca posible del individuo en cuestión. Antes de llegar a su altura frenaba un poco. Después, daba un acelerón justo en el momento de pasar a su lado. Yo continuaba sin decir ni mus, pero a la cuarta vez que lo hizo, le pregunté:
-¿Para qué hace usted eso?
-Supongo que me divierte -contestó.
No respondí nada. Ella me miró. Como no me gustaba que separase los ojos de la calzada mientras conducía, la mano se me fue atomáticamente a sujetar el volante. Entonces, como el que no quiere la cosa, me la golpeó con su puño derecho. Pegaba como un caballo. Se me escapó una maldición, y ella volvió a sonreír.
-Resultan tan ridículos cuando saltan en el aire al oír el ruido del motor...
Sin duda alguna, tenía que haber visto al perro que en aquel momento cruzaba la calle. Me dispuse a agarrarme a algún sitio para prevenir las consecuencias del frenazo. Pero, lejos de aminorar la marcha, aceleró a fondo. Pude sentir el choque y oír el ruido sordo proveniente de la parte delantera del automóvil.
-¡Cuernos! -exclamé-. ¡Está empezando a pasarse! Un perrazo como ése ha debido abollarme la cafetera...
-¡Cierra el pico!
Parecía estar en trance. Los ojos le parpadeaban y el cacharro comenzó a hacer ligeras eses. Dos manzanas mas adelante paró junto a la acera.
Intenté bajar para ver si el golpe había dejado señales en la carrocería, pero volvió a cogerme por el brazo. Respiraba resoplando como un caballo.
En aquel momento, su cara... No, no puedo olvidar su cara... Ver a una mujer con esa expresión cuando es uno mismo quien la ha provocado es todo un placer, estamos de acuerdo... Pero estar a kilómetros de pensar en eso y verla así de repente... Había cesado de moverse y se limitaba a apretar cada vez con más fuerza el puño. Babeaba un poco. Tenía húmedas las comisuras de los labios.
Miré hacia fuera. No sabía dónde estábamos, pero no había nadie. Su pantalón se abría con un cierre de cremallera. En el interior de un coche, por regla general, no suele quedar uno demasiado satisfecho. Pero, a pesar de eso, nunca olvidaré aquella vez. Ni siquiera mañana, cuando los muchachos me hayan afeitado ya la cabeza.
.
Un poco después la hice volver a pasar a la derecha y cogí de nuevo el volante. Casi inmediatamente me obligó a parar el coche. Se arregló lo mejor que pudo, sin parar de jurar como un carretero, y echó pie a tierra para acomodarse en la parte de atrás. Acto seguido me dio la dirección de una sala de fiestas a la que tenía que ir a cantar. Intenté darme cuenta de dónde nos encontrábamos. Me sentía perdido, como cuando uno se levanta después de un mes de convalecencia. Pero conseguí mantenerme en pie, cuando a mi vez, bajé para echar un vistazo a la parte delantera dcl coche. No tenía nada. Apenas una mancha de sangre extendida sobre la aleta derecha por efecto de la velocidad. Podía tratarse de cualquier tipo de mancha.
Lo más rápido era dar media vuelta y regresar por el mismo camino.
La veía en el retrovisor. Iba fisgoneando por el cristal de la portezuela. Cuando distinguí la mancha negra de la carroña sobre la acera, volví a oírla. De nuevo respiraba con más fuerza. El perro se movía todavía un poco. Debíamos haberle quebrado los riñones, y el animal se había arrastrado hasta el bordillo. Sentí ganas de vomitar y me noté desfallecer, pero, a mi espalda, ella comenzo a reírse. Viendo que me sentía mal, se puso a injuriarme en voz baja. Me decía cosas terribles, y hubiera podido poseerla otra vez allí mismo, en mitad de la calle.
No sé de qué estarán hechos ustedes, amigos, pero por mi parte, en cuanto la hube dejado en la sala de fiestas donde iba a seguir cantando, no pude quedarme fuera esperándola. Volví a ponerme en camino casi al instante. Tenía que volver a casa. Sentía necesidad de acostarme. Vivir solo no siempre resulta muy agradable, pero, carajo, felizmente estaba solo aquella noche. Ni siquiera me desnudé. Bebí algo de lo que tenía y me eché sobre el catre. Estaba muerto. Estaba verdaderamente muerto.
Por lo demás, al día siguiente por la noche estaba como un clavo en el mismo sitio, y la esperaba justo delante de la puerta. Bajé la bandera y me apeé para estirar un poco las piernas. Había movimiento en aquel lugar. No podía quedarme más rato. Y, sin embargo, la esperaba. Salió a la misma hora de siempre. Puntual como un reloj, la chica aquella. Casi al instante me vio. Y, desde luego, me había reconocido. Los dos fulanos la seguían como de costumbre. Ella sonrío con su sonrisa habitual. No, no se cómo decirlo. Al verla frente a mí, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Abrió la puerta del taxi, y los tres se metieron en su interior. Se me cortó la respiración. No me lo esperaba. Idiota, me dije. ¿Cómo no te has dado cuenta de que para una mujer como ésta todo se queda en caprichos? Una noche tal vez le hayas apetecido, pero la siguiente no eres más que un conductor de taxi. Un desconocido.
¡Y que lo digas...! ¡Un desconocido...! Conducía como un tarugo, y a punto estuve de empotrarme en la trasera del cochazo que llevábamos delante. Echaba humo, seguro. Me sentía mal y todo. Detrás de mí, los tres lo estaban pasando bomba. Ella les contaba historias con su voz hombruna, aquella voz, carajo, que parecía salir de la garganta a contrapelo. Oírla hacía el mismo efecto que una buena curda.
En cuanto llegamos, se apeó la primera. Los dos tipos ni siquera hicieron intención de pagar. También la conocían... Desaparecieron en el interior del local, y ella se asomó a mi ventanilla para acariciarme la mejilla como si fuese un niño. Acepté su dinero. No tenía ganas de discusiones. Intenté decirle algo, pero no supe qué. Fue ella quien habló.
-¿Me esperas? -dijo.
-¿Dónde?
-Aquí. Salgo dentro de un cuarto de hora.
-¿Sola?
Yo no cabía en mi pellejo. Hubiera querido retirar lo dicho, pero ya no podía retirar nada. Me clavó las uñas en la mejilla.
-¡Habráse visto! -dijo.
Sonreía todavía. Yo apenas si me daba cuenta de nada. Me soltó casi enseguida. Me toqué el carrillo. Sangraba.
-No es nada -añadió-. Te habrá dejado de sangrar cuando salga. Me esperas, ¿eh? Aquí.
Se metió en la boîte. Intenté verme en el retrovisor. Tenía tres marcas en forma de media luna en mitad de la mejilla. Una cuarta, algo mayor, frente a las anteriores. Apenas si salía sangre. No me dolían.
Así que esperé. Aquella noche no matamos nada. Por mi parte, tampoco obtuve recompensa.
.
Me pareció que hacía tiempo que no hacía el asunto ése. Como no hablaba mucho, tampoco sabía demasiado sobre su vida. En cuanto a mí, vivía aletargado durante el día y, por la noche, cogía el armatoste y me iba a buscarla. Ya no se sentaba a mi lado. Hubiera sido demasiado tonto dejarnos echar el guante por eso. Cuando lo pedía, yo me bajaba y ella se ponía en mi sitio. Al menos dos o tres veces por semana conseguíamos dar caza a algún perro o a algún gato.
Pienso que empezó a apetecerle algo más a partir del segundo mes. La cosa comenzaba a hacerle menos efecto que las primeras veces, y creo que por entonces se le ocurrió la idea de buscar una presa más importante. El asunto me parecía natural, para qué engañarles... Ella no reaccionaba ya como antaño, y a mí me apetecía que volviera a hacerlo. Sí, lo sé. Dirán que soy un monstruo, pero ustedes no conocieron a aquella chica. Matar un perro o matar a un niño; me hubiese dado igual con tal de complacerla. Así que nos cargamos a una joven de quince años. Estaba paseando con su amigo, un marinero. Volvían del parque de atracciones... Pero mejor será que lo cuente.
Slacks se mostraba implacable aquella noche. En cuanto se montó, me di cuenta de que necesitaba algo. Al instante comprendí que, aunque tuviéramos que rodar toda la noche, habría que encontrar algo.
¡Caray, la cosa se presentaba mal! Enfilé directamente por Queensborough Bridge y, desde allí, por las autopistas de circunvalación. Nunca había visto tantos coches y tan pocos peatones. Lo normal, me dirán ustedes, en las vías rápidas. Pero aquella noche no me lo parecía. No, no estaba en lo que hacía. Rodamos kilómetros y kilómetros. Dimos toda la vuelta y, al final, nos encontramos en pleno Coney Island. Slacks llevaba el volante desde hacía un rato. Yo iba detrás, procurando sujetarme bien en los virajes. Simplemente esperaba, como de costumbre. Dicho está que yo vivía aletargado. Y sólo me despertaba cuando ella pasaba a la parte de atrás para reunirse conmigo. ¡Cuernos! No quiero volver a pensar en ello.
La cosa fue simple. Comenzaba a zigzaguear desde la Veinticuatro Oeste hacia la Veintitrés, cuando les vio. Se divertían caminando él sobre la acera y ella a su lado, por la calzada, para parecer aun mas pequeña. El muchacho era grandote, un mocetón. Vista de espaldas, la chica parecía muy joven. Tenía los cabellos rubios y llevaba un vestido diminuto. No había demasiada luz. Vi el movimiento de las manos de Slacks sobre el volante. Qué zorra. Bien sabía lo que se hacía. Cargó sobre el bordillo y enganchó a la chica a la altura de las caderas. Tuve la impresión de estar a punto de reventar. Sin embargo, reuní fuerzas para volver la cabeza. Como un amasijo de carne inerte, la joven estaba en el suelo. Su amigo gritaba y corría detrás de nosotros. Después vi salir de su escondrijo un coche verde, uno de los antiguos patrulleros de la policía.
-¡Más rápido! -grité.
Ella me miro un segundo, y a punto estuvimos de subirnos a la acera.
-¡Pisa...! ¡Pisa...!
Sé muy bien lo que me perdí en aquel momento. Lo sé. No veía más que su espalda, pero sé perfectamente lo que hubiera sido. Por eso, ahora, todo me importa un rábano, ¿me entienden? Por eso es por lo que me importa un bledo que los muchachos vayan a afeitarme el coco mañana por la mañana. Es más, por mí como si me quieren dejar flequillo, cosa de reírse un rato; o pintarme de verde, como el coche de la policía. Me da absolutamente igual, ¿me entienden?
Slacks pisaba. Consiguió salir del paso y desembocamos en Surf Avenue. La vieja cafetera hacía un ruido horroroso. Detrás, la de la policía debía estar empezando a darnos alcance.
Poco después alcanzamos una rampa de acceso a la autopista. Se acabaron los semáforos rojos. ¡Caray! ¡Si hubiera tenido otro coche...! Todo se conjuraba. Y el de atrás arrastrándose también, pero pisándonos los talones. Parecía una carrera de caracoles. Era como para arrancarse las uñas con los dientes.
Slacks ponía de su parte todo lo que podía. Yo seguía no viendo más que su espalda, pero sabía lo que le apetecía, y me apetecía tanto como a ella. Le chillé una vez mas: «¡Pisa!». Y pisó. A continuación volvió la cabeza un segundo. Otra patrulla desembocaba en aquel momento por una rampa en la pista. Ella no la vio. Nos alcanzaba por la derecha. Por lo menos venía a setenta y cinco por hora. Al ver el árbol me hice una bola, pero ella ni siquiera se inmutó. Cuando me sacaron de entre la chatarra berreaba como un animal, y Slacks seguía sin moverse. El volante le había hundido el tórax. La extrajeron con muchas dificultades tirando de sus pálidas manos. Tan pálidas como su cara. Babeaba todavía ligeramente. Tenía los ojos abiertos. Yo tampoco podía moverme a causa de mi pata, que se me había doblado de mala manera. Pero les pedí que acercaran su cuerpo a mi lado. Entonces fue cuando vi sus ojos. Y después la vi a ella. Tenía sangre por todas partes. Chorreaba sangre. Salvo del rostro.
Le quitaron el abrigo de piel y vieron que no llevaba nada debajo, excepto los pantalones. La pálida carne de sus caderas parecía asexuada y muerta bajo el resplandor de los reflectores de sodio que iluminaban la calzada. La cremallera del pantalón estaba ya abierta cuando nos dimos contra el árbol...
 
BORIS VIAN

Cuento publicado originalmente con el seudónimo de «Vernon Sullivan». (N. del E.)
 
 

martes, 3 de junio de 2014

Escrito a vuela pluma atravesando el golfo de Vizcaya


 TRAS
 LA
 TORMENTA
 RESTOS
 DE 
NAUFRAGIOS 
AJENOS 
ESCAMOTEO


NO ES MÁS REAL TU VIDA
QUE ESTE SUCIO CHARCO
EN EL QUE TU IMAGEN 
PUDO HABERSE OBSCENAMENTE VISLUMBRADO


BAJO EL MAR
SE INQUIETA
EL CORAZÓN DEL DESIERTO




viernes, 23 de mayo de 2014

Epigrama



No podía creerlo
 de verdad
 entiéndeme
ahora esto está parado
 mi casa se ha quedado oscura
silenciosa
voy a hacer como que no me importa
sacaré la ropa de verano y pondré el cuerpo al sol
voy a inventármelo
 haré
como que el dolor es un juego de mesa
me esconderé unos días dentro del saco
olvidaré todo esto sumergido en papeles, libretas y pasajes en centros comerciales helados
me sacaré a pasear
dejarán las palpitaciones de hacerme la cabeza a rayas
a trozos varios
con distintos matices y formas
me saldré del cuerpo y
no te esperaré

yo sigo sin estar en ningún sitio
las mariposas se deshacen en tu saliva
creo en tu inocencia más que en ninguna otra cosa sobre la tierra
la comisura de tus arrugas se oprimen en el cielo
y me destierras inclemente
a la última forma de olvido
para encontrarme desnudo frente a mí
para que mi lengua empalagosa
sea la mercenaria que cercene
la última mariposa de los escombros de tu saliva
no me pidas que me calle
cuando ya todo huele a derrota
no sé renacer como el fénix de sus cenizas
soy débil y mis gestos enturbian tu existencia
condenados a ser libres sin remedio

no quiero preguntas ni respuestas
ni salidas ni entradas no quiero amigos ni suertes insignificantes
quiero
despertarme en otro lugar
ser otro ser para ti
Otro


jueves, 22 de mayo de 2014

Poema de "Crónicas de Usura" de Jordi Virallonga





- No me encontraste, te encontré
cuando me dabas también por perdida;
no soy ella ni soy la poesía
pero estoy aquí contigo,
donde ni una ni otra te acompañan;
te quiero, además, aunque no quieras
( tan acabado como estás, imbécil mío )
pues sólo sientes pena y abandono
y  una decadente majestad que se termina.

No eres mi amante, soy yo la que te quiere,
no eres tú, es ella la que se ha muerto,
no es el desencanto, es el miedo,
porque ya no eres nada y no soportas
recordar de nuevo aquello que has sido.
No sé, no me hagas caso;
estás triste, quieres muerte y quieres sexo.

Sigamos si tú quieres,
pero recuerda, te pido algo sucio y leve,
despacio como todo en esta vida,
así el amor, así la nieve.


                                                                    Jordi Virallonga